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Ediciones Juglaría - Rosario - Argentina

 

 

 

ERA UN AZUL OLVIDO CARTAGENA

Autor: Salvador Chaila

 

 

Ediciones JUGLARIA - 2003

I.S.B.N. 987-20165-9-3

 

 

Salvador Chaila nació en Santa Rosa de Leales, Tucumán, en 1948.

Poeta, cuentista, ingeniero agrónomo, doctor en agronomía, profesor universitario e investigador, dirige programas y proyectos de investigación, ex rector de colegio secundario y creador de una escuela de enseñanza primaria.

Publicó entre otros libros: Poemas del último día (1983), El cañaveral del obispo y otros cuentos (1989), Cuentos para antes de que cante el gallo (1991), Con el vuelo abierto (1995), El reino de las nubes perdidas (2002) y Estos marchitos rituales de la ausencia (2002). Integra la antología Diez cuentistas de Tucumán (1993).

Campesino por nacimiento y por vocación, se dedica a la agronomía como tarea cotidiana, realizando actividades de investigación científica en las Universidades de Tucumán y Santiago del Estero. Pertenece a varias asociaciones científicas internacionales con las que se mantiene en contacto permanentemente. Es profesor invitado en universidades extranjeras en los temas de su especialidad.

Reside en San Miguel de Tucumán.

 

Prólogo

 

Salvador llega a Cartagena de Indias en julio de 1999. Durante todo el tiempo que permanece en la ciudad, participando de un Congreso de Malezas (esta es su especialidad como Ing. Agrónomo), escribe. Y construye este libro impactante: Era un azul olvido Cartagena.

En el principio de los sueños / estaban la ambición construida de espuma y silencio / por encima de la carne y de la sangre. Así se inicia este canto genuino a esta ciudad que se le impuso al poeta desde su arribo. Cartagena, grandiosa, como una colombina, seduce al poeta y le enseña su historia que es también la historia de todos los habitantes de América del Sur. Por momentos, la mimetización es tal que su propia voz desaparece y es la ciudad con sus voces antiguas – presentes, la que habla. Y escribiré poemas / con el alma ausente / buscando la campana. Si, escribir, prestándole el cuerpo a aquello que se impone, que necesita ser dicho, la presencia del dolor de la humanidad y la persistencia de la vida, de lo que no puede ser negado, de lo sojuzgado que buscará siempre aparecer. Liberarse.

Desde este confundirse con Cartagena aparece visible la búsqueda, el viaje que el autor inicia: ¿hacia donde? ¿para encontrar qué?

Busco dentro de los arcones del cansancio / el tiempo ardiente / de un amor ahogado en brumas. Búsqueda que también significa ir perdiendo-se: Pierdo mi sombra / en los campanarios de la distancia / tocando a luz / a floraciones recientes / a canciones nuevas. / Pierdo mi propio nombre / desentrañando el alma de la piedra.

No te muevas aún / desde la luz herida y faltante / quédate en la incertidumbre de tu deseo y continúa certero: Es necesario descreer en las improvisadas agonías / reconocer el habla de los ángeles marchitos / por encima de los viejos huesos / y el silbo que estremece los envejecidos espantos de las olas.

Instalado en este lugar el poeta permite que aparezca la historia, viva: La horca y el ladrón / tienen el color negro / siempre negro / para recorrer la historia sin regreso.

O: La máscara y el verdugo / la vana hechicería castigada / un filtro de amor / una pócima sagrada / el mal dirigido al enemigo acechante / y la hoguera que espera / al fondo / de tanta historia.

Despaciosamente surgen ante nuestros ojos las razones de este canto: Estoy buscando en el fondo del cansancio / las coordenadas de arribo / de todos los pájaros prisioneros.

Mientras tanto, el poeta da cuenta de las provocaciones que recibe de la ciudad: Con un sueño herido / la sombra que regresa para seducirme / la memoria del sable y el cañón / la mortaja y la locura / y esta nueva extinción de mis sentidos / muelle del fin de los días / desmantelado de amor y de tanta locura, y su respuesta: Con una cruz de ceniza nueva / preservaré mi alma de todas las tormentas.

También nos dice: Por suceder el día / se arriesga el alma y enciende los despojos refugiándose / en un hablar de ángeles y diablos. / Estoy navegando / en un cruel desamor / como si nada.

Y nos advierte: Algo pasa aquí / desde la América que sueña / y que despierta. / Hay un hombre / de hojalata / que custodia la antigüedad de mi sangre y la tuya.

Me bastará la piedad / para conocer el miedo / en la deshora.

En este canto, las variaciones en los tonos de voz son muchas. Se respira la agitación en la escritura, la furia que por momentos lo vuelve definido y acuciante, que interpela como buscando el compromiso del lector que imagina: El cabro saltó al abismo / después de la adoración / y el mito / cuando el hálito extendió sus alas / para abrazar espacio y tiempo. / El soldado erigió / muralla / almenas túnel casamata amor / espada sueño lanza pasión arcabuz / sonrisa india pájaro mulato barco / árbol / vestigio de locura.

 Da la impresión, por momentos, que otro de los efectos beneficiosos ha sido el encuentro con un tiempo otro diferente, con una medición que quiebra la lenta costumbre de los relojes y calendarios. Que es también permitir la fluidez de lo pasado en el presente. Y una lenta anulación de los olvidos.

En todo momento se impone la poesía, que soberana se eleva sobre el autor; le ha tomado la mano, conducido por caminos fértiles, dolorosos, serenos y también tempestuosos, pero ninguno de ellos indigno: Aquí sostengo la palabra / me hundo sobre tu alma / dentro de la noche / y esgrimo la autoridad de la poesía / en este estado sediento incomparable.

O: Cediendo luz / el gemido / en la tinta que emancipa / los grilletes de tanta poesía / que nutre la espera y la deshora.

Humano, muy humano en cada encuentro que sobreviene con las razones significativas de la existencia de cada hombre: los ojos grises de mi padre / ...a mi padre le sobraba corazón / para empezar de nuevo.

Lentamente el poeta intenta una despedida que -entiendo- no consigue. La ciudad lo tiene y él se la lleva consigo, pero en ese intento aparecen reflejadas la libertad conseguida y el respeto sumiso hacia este lugar del mundo al que llegó de un modo y se va transfigurado: Están tocando a su fin / las campanas del olvido / y nos iremos juntos / pueblo sobre pueblo / arena que cae / sin fin instante / de los párpados ausentes. Están tocando a su fin / con la vela descubierta / y los cañones de la locura encendida.

O: Cartagena tiene un aroma / sobre los encajes azules del aire / y un amor sin sueños / en el corazón del olvido... / Me persigno en el nombre / de toda la poesía no creada / que nace a escondidas de la sangre.

O: Intentar el adiós sobre las olas / sobre Cartagena misma / para sentir un odio distinto... y mas adelante: de ser lo que soy / el que ama sobre todas las cosas / ama y nada más.

Me voy de éstas páginas que viví intensamente y deseo rescatar dos fragmentos que creo el final del viaje, de la búsqueda, el recuento de lo transitado por Salvador: Para llegar hacen falta las tormentas / agolpadas / en las dádivas celestes / en todos los ofertorios vanos / en la larga espera indefinida / y en la lágrima absoluta que me asiste.

Y: Hay que llenar el día / con tu rostro / vestir de pétalos callados / en esta hombría que ostenta la memoria.

 

                                               Mónica Muñoz