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| Ediciones Juglaría - Rosario - Argentina |
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EN
ESTA CASA YA NO CABEN LOS MUERTOS
Autor: Alberto Lagunas
Alma criolla, errante viajera
querer detenerla es una
quimera
Alfredo Le Pera
I
En
esta casa ya no caben los muertos
a Edna Pozzi
En esta
casa ya no caben los muertos.
No a
medianoche entre velas
ni en la
niebla que confunde el paisaje
sino al
mediodía
y a pleno
sol
en las
llanuras como un llanto infinito.
O entre
montañas
que
repiten el llanto.
Allí
debemos sentarnos
y tratar
de comprender
el
pasadizo que une
el pasado
con las
huellas del presente.
Sin culpas
sin miedos
eludiendo
mentiras
de los que
empuñan la verdad.
Inocentes
como el lobo
apaleado
en las fábulas.
Inocente
como el cóndor
de
Olegario Víctor Andrade.
Y también
con lo recordado
que dijo
José Hernández.
Bárbaros
como un
joven hachador
desnudo.
No sabemos
ya
cómo
continuar.
(Cuántas
voces a coro siguen diciéndonos
“yo fui
viajero del dolor”
en caminos
del fango sin tiempo)
En esta
casa ya no caben los muertos.
En yuyales
insepultos
están los
muertos de Huaqui
los de
Cancha Rayada
los de
Vilcapugio, los de Ayohuma.
Y en
desfiles patrios
los
fantasmas desfilan.
Son los
fantasmas de los guerreros
que iban a
conquistar en siete días Asunción
y
escondidos siguen sus cuerpos
pudriéndose
en
pantanos tropicales.
Dónde
quedaron los muertos
del 16 de
septiembre de 1955
ametrallados
por aviones
en Plaza
de Mayo.
O los que
acribillados caían
en el
puente de Arroyo Saladillo.
O los
degollados
que morían
bailando
la
refalosa en su propia sangre.
No son
rumores.
En esta
casa ya no caben los muertos.
Los gritos
ahogados en los campos
de
concentración
de los
cuarteles,
miles de
voces enmudecidas por la tierra.
Y la
muerte por agua
solloza
gritando por las noches
en las
costas del Atlántico Sur.
O los mártires
torturados y muertos
por ser
hombres cuyo delito fue
escribir
nombre de varón
en el
corazón de sus almohadas.
Teas
apagadas por el espantoso
susurro:
“yo fui viajero del dolor”
qué
herencia de la patria dolida
nos queda
si ni
siquiera hay fuego para quemar tanta mentira.
Mandato
Escuchadme costas
lejanas.
Isaías:
49, vers.1
Escuchen
costas lejanas
lo que
llega como brisa
es la
ronca voz del viento
que
permanece
aullando
el mensaje incumplido.
Escuchen ríos
escondidos
de la
sangre
la hora de
la primera piedra
ya pasó.
¿Quién
puede hoy
tirar
alguna
piedra?
Escuchen
océanos
aguas
poderosas
que se
levantan en guerras
acompañadas
por música
en los
televisores:
la sangre
tiene precio
es el
recuerdo.
Ya no habrá
paraísos
ni amores
deshojados
sólo
sangre
secándose
en las playas.
Escuchen
tierras lejanas
del
horizonte
y
más allá del horizonte:
la
injusticia no tiene límite de catástrofe
sólo
piedras derrumbándose
en el
espejo de la culpa.
Rastros
¿Lavarme
la sangre de mis muertos
trabajando
en el oscuro rincón
del jardín
de un monasterio?
Y saber
que tu muerte continúa
y mi
destino no es el de un jardinero
ni el de
un filósofo
sino el férreo
sino
de quien
todo cuestiona
hasta la
literatura como cuerpo total
que exige
la mente, pero exige
el
detritus, el excremento
y también
la conciencia para sobrevivir.
He visto
que las palabras
son apenas
gemidos
como gime
el cuerpo o el amor
entre mis
brazos
por no
decir lo inconfesable.
¿Qué es
la palabra, su sentido,
su esencia
más profunda?
No espejo,
no música,
ni cadencia,
ni
siquiera coherencia lógica
que destiñen
mis libros.
Y saber
que tu muerte continúa.
¿Sabré
yo que si bien
la palabra
es un modo de la nada
la
necesidad de palabras se mece
atrayente
como las
olas,
o música
que quizá te gustara?
Y ahora yo
me pregunto
mirando
esa verbena:
¿qué seré
yo para esa flor y ese tallo?
Qué
conciencia los envuelve
más allá
de universo
que
desaparece al cerrar los ojos
y cuya
permanencia
no
presupone mi permanencia
sino arena
y más allá
algún árbol
cantado
por pájaros
al
atardecer, en la incipiente
luz
de este
invierno.
Obsesión
Que tenías
en tu corazón
en tu
obsesión por buscarme
en tu
obsesión por hacerme
el más
fuerte
como si la
fuerza fuera medida
y no sostén
de memorias desechables.
Y
regresabas sin embargo
para
destruir como las hadas malas
la fiesta
de los cumpleaños,
para
destruir el puente
para que
yo no huyera
de la
locura
sino
quedara pegado a tu regreso
de mantas
rotas heladas
mantas
deshilachadas
mantas
como
laberintos de odio.
Vengo
Vengo de días
oscuros
caminante
agotado.
Ni el sueño
repara el dolor
ni la vida
repara
tanta vida
vivida en imágenes.
Vengo de días
como pirañas
alejadas de
todo silencio.
Vengo de días
golpeados
por
recuerdos
falsos
huecos
vidrios
negros
de la
mentira.
Vengo de días
como telarañas
con bocas
que hablan
la locura
injustificada
del rumor
excremento
de la historia.
Quién
desenvuelve la madeja
el simulacro
oscurecido de la verdad.
Flores
muertas
naturaleza
mentida
de la
palabra muerta
expulsada aún
de los
cementerios.
Mejor
no dejarlos
salir.
No es viento
el que sale
de esa cueva.
Es época de
los picaflores carnívoros.
Ellos chupan
sangre en los mataderos
y reponen su
fuerza
en la sala
de terapia intensiva
donde
agoniza mi madre.
Ellos
devastan luego la casa
de mi
infancia.
Pican con
sus largos picos
vacas para
alimentarse
y saquear
muebles
recuerdos
fotografías
viejas
vajillas
todo lo que
mantiene la calidez
del
recuerdo.
Ellos han
atravesado siglos con el mismo odio
con el mismo
odio
con que
arrojaban mi alma
a las
mazmorras.
Ya no queda nada
todo está ahora en mi
corazón
Nada hay de
sacro
en la luz
obscena
de una sala
de terapia intensiva.
Y a dónde
me esconderé
para no
escuchar estas obsesivas
visiones
y los cantos
inclementes
que
presionan teléfonos en la madrugada
o en mis sábanas
mojadas de terror.
Cantos como
ratas implacables
que hablan
de ciencia
y olvidan tu
desprotección
tu más
profunda debilidad
la debilidad
de los que creen.
¿Es abismo
o es un sueño?
Cuesta subir
entre pájaros
que me miran
como alfileres
como si algo
emanado
los ayudara
a hacer coro
salmodia de
mis remordimientos.
(Y más de
un conjuro que traté
de cantar al
Padre
para
salvarte
lo ha
consumido mi melancolía)
Cómo
devoran las palabras
pasadizo de
máscaras
como
murallas de envidia
que me
rodea.
Yo sólo me
permito llorarte a solas.
Oh si
supieras.
El sol
implacable
es la ensoñación
más temida
borrachera
no buscada,
confusión
de imágenes
mensajes
incomprensibles.
Sólo el
amor de tan pocos
te preserva
de la mezquindad
del olvido.
Y más allá
el tesoro
escondido
de tu amor.
Tu voz
como el
canto de luna llena
en los
durazneros de mi infancia.
Mis ojos se
ahogan en este sol implacable.
Y qué hacer
con los muebles corroídos
y las ratas
y las
grietas de las calles
que impiden
toda navegación.
Sólo me
permito, ahora, llorarte a solas.
Remolino
“Porque
mil años son ante tus ojos como
el día de ayer, que ya se fue”
Salmo
89, vers.4
Se
arremolina el tiempo
con flores
podridas
en la
casona.
El tiempo
robado
El tiempo
mentido
engañador
de los que
creímos
que la vida
se extendería
como un
juguete de la niñez
y ya viejos
aún
esperamos trenes
en
estaciones destartaladas.
La vida come
al tiempo
con el engaño
de la niñez sin fin.
En pasadizos
cambiantes,
en las
tormentas
se confunden
las horas
como espejos
sin azogue.
Largamente
ocupa el jardín
el
persistente verano
tan ilusorio
como la oscura frialdad
del helado
árbol
o la risa
fingida
oscuridad de
tormenta
en la
fingida pasión.
Yo tenía ¿cuántos
años?
y decidí
quemar la vida
en la verdad
de la historia.
Como si
historia y verdad fueran tangibles
como una
piedra
o verdaderas
como el barro.
No cuarzo,
ni relojes eléctricos
retienen ese
transcurso de encrucijadas
y laberintos
en lo que
creía camino recto
del tiempo
arrumbado y acechante.
Sueños
posiblemente plácidos
por su
hermosa veracidad
en la
tibieza del césped del verano.
Desnudo en
una transparente casa
elevada
entre céspedes plateados
la luna te
iluminaba
entre las
bajas paredes de vidrio.
Allí me
esperabas
como se
espera a los adolescentes.
Eras el único
signo del amor.
Era el signo
de tu belleza
encerrada
sin tiempo en mi sueño.
Pero el
olvido,
¿qué hacer
con el olvido y la luz de la mañana
o las
siestas turbulentas
que aturden
los pensamientos
e incitan al
olvido perenne de la arena?
Y sin
embargo en mis sábanas estabas
en mis párpados
estabas
como ejemplo
de la primera belleza
triunfadora
del tiempo.
Imán que
mueve las agujas
y no
desfigura la imagen.
Ni cuarzos
ni relojes eléctricos
retienen ese
transcurrir
que comienza
cuando el alcohol
sustrae ese
mundo no ilusorio
sino mío
como un sueño
imprevisto
recodo
impensado
vencedor del
tiempo.
Y soy yo el
sonámbulo
el que
camina cornisas
el que
impulsa inútilmente la tormenta
al remolino
de las horas
en esa
casona
que deposita
despojos
minutos
hojas
pájaros
borrachos
en las aguas
hondas
como horas
circulares
de estanques
aceitosos.
Si el puerto
es límite del mar
el cuerpo es
límite de arcanos recuerdos
que apenas
llegan a mi memoria.
Recuerdos
deformes como vidrios tronchados
en mis sueños
desde mi
adolescencia
cuando te
reconocí.
Imágenes
tenebrosas de un pasado
que te
encargabas de rehacer
como el
alfarero trabaja excremento
y arcilla.
¿Y qué harías?
¿A dónde
te irías
sin mí?
¿A dónde
te irías a esconder
para no
declararte en estado
de soledad
peligrosa?
¿A dónde
irías
sino a los
abismos tenebrosos de mis sueños
uno solo
ya:
mis sueños
y tus tinieblas.
Lo nuestro
fue un pasadizo
para ocultar
el deseo de arcano pozo
y
destruirnos.
Olvidábamos
los aromos en flor
reflejados
en el agua.
Ahora, en
los bosques de la muerte,
entre la
niebla,
¿me puedes
oír?
¿Me oyes
ahora que el canto desplaza planos
y reitera
avatares de vida?
Como
viajeros
que llegan a
la ciudad ansiada
así
nosotros
en la calma
de nuestros cuerpos
sabíamos
en lo más
profundo de nuestras miradas
que los
aromos reflejaban
silenciosamente
flores
amarillas.
Yo moriré
solo
como mueren
los malos recuerdos.
Y me fundiré
en tus ojos azules
-jamás podrían
ser celestes-
vos, que te
fuiste primero.
Oh, sol,
cómo
oscureces.
-Si amas las flores de
otoño, morirás en otoño.
-A mí me gustan las
rosas, que florecen todo el año.
-Entonces tendrás cuatro
muertes.
Liliana
Cavani, "The Berlin affaire"
Comerme el
pasado
como Cronos
devoraba a sus hijos.
O mejor
comer de mí
mismo los recuerdos
feroces
enrostrados
en somnolientes
contiendas
con las bestias
familiares.
Comerme el
pasado, pisado
y dejar
solamente
¿qué?.
Momentos de
esplendor
en que vi
volar tu sonrisa
frente a mi
boca sedienta.
O comerme
solamente
los
recuerdos
el terror
como la
historia devora cómplices
y
torturadores
para no
asumir los constantes asesinatos.
Comerme a mí
mismo
como aquel
personaje de Silvina Ocampo
para no
dejar tampoco mi voz
olvido ya de
mi nombre.
El cuerpo
tiene recuerdos
que la
memoria ignora.
¿Reconocerías
en estas cuerdas
esta música
que viene de
lejos
a comenzar
el azul
del canto?
Sabes que
tengo en mi sombra
despojos de
espejos
que reflejan
bandadas de pájaros
que huyen de
la vejez.
El cuerpo
tiene recuerdos
-desnudo
adolescente
sostenido en
aguas de hierbas
esmeraldas
gongorinas
parque
perfumado-
que la
memoria ignora.
La fisura no
borra el escándalo
sino
profundiza
territorios,
y la duda
borrosa de estas llanuras.
Has visto
algo que no puedes decir
ni siquiera
entiendes lo visto.
Y las
palabras te cercan
como
imposibles sonidos
música de
piedra
o silencio
de las flores.
¿Y qué
nombre dar a esa luz
que
enceguece
en el lejano
pasadizo?
Hay nombres
que no
pueden decirse
en medio de
la noche.
Hay nombres
en medio
de la noche
conjuros
para aventar
el desierto
y saber que
en esos sonidos
vivimos
o morimos.
Hay nombres
que se dicen
en medio de la noche
como un
pasaje
como un
puente
hacia el
pasado.
Reclaman el
rostro
las manos
el sonido
de la
caricia.
Humo perdido
en bosque
sin pájaros.
Nombres
como flores
de conjuro
hierbas
conjuradas que dibujan
el vacío
en medio de
la noche.
Cuánto dar
a la oscura
magnolia
del deseo
por el
rostro brillante
de nuestra
juventud.
Cómo
te extraña mi espíritu
en
esta carne que era toda tuya.
Mi ansia
también es
la carne.
El infinito
que se
derrama
en el cuerpo
amado
por no poder
derramar
mi eternidad
en tu espíritu.
Sí, yo bien
sé
cuántos
actos de amor
fueron de
amor,
de olvido
en viaje
hacia la nada.
Como viaja
el silencio
entre las
sombras de los árboles
hacia el
centro del verano.