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Ediciones Juglaría - Rosario - Argentina

 

 

 

PARAJES

Autor: Germán Longobardi

 

 

Ediciones JUGLARIA - 2004

I.S.B.N. 987-1166-07-9

 

                        La poesía no consiste en la reunión más o menos afortunada de algunas palabras. Tampoco resulta pensarla como un conjunto de palabras armadas para que encajen en un patrón o esquema; parafraseando a Baudelaire: el sistema es un invento diabólico, no hay un sistema para hacer poesía. En cambio, si pensamos a la poesía como la fundación del ser por la palabra, nos ubicaremos a la hora de leer (o escribir) con una disposición a la crea-recreación del lenguaje mayor, que difiere esencialmente de otras que se conforman con la bonita apariencia del verso o la mera musicalidad de algunas palabras bien ubicadas. Es la posición de reflexión del escritor-lector la que otorga un sentido mayor a la poesía, redimensionando en forma constante el lenguaje. Lenguaje que proviene de la tierra, del mundo que nos rodea, de la naturaleza. La palabra nos habitó antes de que pudiéramos dar cuenta de ella, por lo que siempre será poco fructífera la intención de hacerla jugar en poesía como habitante de un esquema. Desde este lugar leí la poesía que habita PARAJES, el último libro de Germán Longobardi.

Nadie / en la verdad de este abril. / Desgarros solamente donde presumo / anduvo el alma. / Llanuras / sin nadie. / Sólo urgencias que me encorvan / y un amor de más / y una tarde de sobra.

Cada poema es un paraje, lugar de plenitud del poeta donde rescata lo mínimo, mágico, esencial que anida en la habitualidad de las cosas del mundo y que -por el conflictivo, apresurado y dislocado modo de transitar estos tiempos y ser transitado por ellos- pasa inadvertido. Hay tal fuerza en esta idea que ilumina la totalidad del libro haciendo que podamos encontrar un lugar de sosiego para pensar aquellas cosas que naturalmente intranquilizan el alma de los mortales.

Cielo de tizas / y pinceladas. / Súbito lente nublado / con trazos en minúsculas. /Ramas dando a nadie una caricia / en aires de mediatarde.

Uno de los atractivos de esta obra radica en que estos parajes-poemas nos hablan de la interioridad de quien escribe, en constante diálogo con el mundo exterior, con la fluidez del río manso que torna cristalino el pensamiento, transmutado en un juego de imágenes. Pensamiento habitado por el reconocimiento de que no hay modo posible de dividir taxativamente el afuera y el adentro, porque hombre y mundo se mixturan, confluyen y transforman necesariamente en forma constante y no arbitraria.

cuarto de libros / la radio / y un jarro / que atrapa el después de unas avenas

ó

Reduzco la vida / al ruido de la heladera. / Le sorprendo en este foco azul / que no puede entibiar. / Tres o cuatro minutos se agravan

ó

Venado no se acuerda, / pero yo si. / Ella cambia y yo la retengo por López. /…Tuvo las palabras últimas que en la estación se guardan. / No le puedo decir adiós. / Me lleva / de forma algo eterna. / Esta ciudad mía, es como una mujer sentida.

Valioso es el modo en que rescata a quienes configuran la constelación humana que lo precede y le permiten ser quien hoy escribe desde la poesía que lo habita:

 Supuesto / de mas medianoches / con relojes solos. / Tengo zumbidos de unas memorias / que se agigantan. / Releo historias de mi viejo. / Su luz de Nápoles en guerra llamea. / Estoy por él. Me ubico en sus cejas aclaradas por el cuarenta y uno

ó

Ya me dabas a luz en esos días / de los cuarenta / te intuyo con tus trenzas y sonriente. / Hubo mudanzas, pérdidas, teclas para los recuerdos que no se cuentan (…) Vas nombrando de Virginia ese espacio / que se va conmigo…

La casa, el amor, la soledad, las ausencias, la naturaleza, el tiempo, su ciudad, la historia, son los temas que inquietan a G. Longobardi y sobre los que ha logrado tomar una posición como hombre y como poeta, desplegándolos en una poesía mesurada, creada con delicadeza, con cuidado y un manejo poco habitual del lenguaje que sorprende e incita a pensar.

                                                                                                Mónica Muñoz