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| Ediciones Juglaría - Rosario - Argentina |
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POTATOES IN THE SKY
Autor:
Nicolás
Uribe
I.S.B.N. 987-20165-3-4
Quierepampa
un abrazo de sabana
(vida Africa
al caballero sepia)
Acusapampa
un dolor atlántico
con insuficiencia marina.
y en la herida nada/
/nada la detiene
aunque arda de sal
y llore como ciego.
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Como siempre estás sentada en el cuarto asiento doble junto a la
ventanilla, y como siempre, nos miramos mientras sigo caminando hacia el último
de los simples. Ya están ubicados el técnico de la caja de herramientas,
sentado detrás del chofer, y el pibe que va a tu facultad, pero se ve que no te
conoce. En la próxima parada va subir el narigón que baja dos cuadras antes
que vos, y también la señora que lleva a la hijita al jardín. Es increíble cómo
la frecuencia de una línea de colectivos hace que todos compartamos estos
quince minutos hasta donde haya que ir en silencio, conociéndonos las caras,
sabiendo adónde va el otro, de dónde viene, pero con temor a mirarnos. Pero en
tu caso es diferente. No sólo me atrevo a mirarte, sino que vos también me
buscás de vez en cuando, y durante una milésima de recorrido chocamos y al
instante bajamos los ojos, miramos por la ventana o acomodamos nuestras
carpetas. Sé que estudiás medicina y fumas Marlboro. Te gusta la Sprite Diet,
Luciano Pereyra (en ese recital te vi) y sos bastante puntual. Te bañás antes
de salir, desayunás una manzana en el colectivo y sos de afuera (creo haber
escuchado Concordia). Siempre venías con otra chica que también estudiaba
medicina , pero por lo que charlaban en el camino, no pudo rendir bien Anatomía,
y los padres le dijeron basta, es hora de que te busques un trabajo. Desconozco
dónde vivís, porque toda mi sabiduría del 204 de las siete veinticinco de la
mañana está perfectamente acotada por la cuadra a la que me subo y por cuadra
la en que me bajo, antes y después no tengo idea
de qué ocurre. No sé cuáles serán las curvas pronunciadas que exigen
agarrarse para no salir despedido, cuáles serán los baches que implican un
reacomodamiento. Tampoco podría elegir el asiento según la cantidad de gente
que sube, o la conveniencia de observar el paisaje de la izquierda o de la
derecha. Fuera del trayecto que hago diariamente, soy un nabo absoluto, pero
dentro de esos límites, tengo prácticamente todo controlado.
Bueno, ves, acá sube el narigón que te decía y la nenita del jardín. ¿Viste?, es hermosa esa piba, el problema es que tiene demasiada energía, la madre la verdad que tiene una paciencia increíble, porque estar las veinticuatro horas del día diciendo “Luuu, Luciana. Basta Lu”, debe ser bastante cansador. Ahora que pienso en el nombre de la nena caigo en la cuenta que no sé como te llamás. Tenés cara de Mariana, pero igual no sé. Algún día me voy a bajar con vos y, ahí sí, te voy a preguntar todas estas cosas. Probablemente, me haga el boludo y comience la charla pidiéndote un cigarrillo, te comente que yo también fumo Marlboro, que te veo todos los días en el bondi, ¿estudiás?, ah,claro... ¿de dónde sos?
En la próxima cuadra hay una oficina pública y por lo tanto se va a producir un recambio bastante importante de pasajeros, aunque a ésta hora, son más los que bajan que los que suben.
En una de esas, lo mejor sería comenzar la charla con un ¿Me das un Marlboro? Y todo podría seguir en un ¿Cómo sabés que fumo Marlboro?; me pareció, tenés cara de fumar Marlboro, como también tenés cara de no ser de acá; no, no soy de acá; ¿de dónde sos?, de Concordia, ah sí, yo conocí una chica de Concordia, que también estudiaba medicina; ¿y cómo sabés que estudio medicina?; y estamos en la puerta de la facultad; claro, que tonta, y así seguirá la charla en la que yo te sorprenderé un par de veces más, aunque se me ocurre que el primer método es mejor, porque tenés cara de que no te gustan las sorpresas. Aunque, pensándolo bien, podría lograr un buen acercamiento tomando elementos de ambas estrategias.
Bueno, acá se demuestra la destreza del colectivero, ya que tiene que esquivar a los taxis estacionados en la esquina y a las ambulancias de enfrente, pero este chofer es un maestro, ya lo tengo bastante junado. Acá siempre sube el viejo que hace tres cuadras y se baja, exprimiendo al máximo el pase gratis para los jubilados. Ahora pasamos por la Iglesia y todos menos el colectivero y el técnico nos persignamos.
Qué loco cuando nos tomemos el colectivo en la esquina de tu casa y los dos ocupemos un asiento doble, que puede ser el tuyo tranquilamente, y hablemos durante el viaje sobre lo increíble que es esto de la frecuencia y la misma gente, la misma hora; aunque de vez en cuando tengamos que tomarnos el de las siete treinta y cinco porque la noche anterior nos acostamos tarde. Pienso también en el saludo y vos caminado por el pasillo, y después el colectivo arrancando y yo mirándote desde la ventanilla como ingresás a tu mundo universitario, al mismo tiempo que me acomodo un auricular en la oreja.
En esta bajan los dos hermanos de uniforme azul y mochilas inmensas, y después viene la calle más desierta del mundo que ensancha con la avenida donde bajamos, en la primer parada el narigón y el viejo de las tres cuadras, después vos y tu compañero que no te conoce, y por último, yo con algún extra.
Algún día, te voy a invitar a que nos bajemos en la calle más
desierta del mundo para escuchar la
radio de los viejos en los zaguanes, tropezar con las raíces que destrozaron la
vereda y meternos en esa pequeña cortada, salir de la mano, caminar hasta la
avenida y entrar al bar que el 204 acaba de pasar.
El viejo de las tres cuadras ya está parado en la escalerita de la puerta delantera a pesar de la calcomanía que dice claramente descienda por atrás y del narigón no hay ni noticias. Otra vez pienso en bajar con vos, pedirte un cigarrillo aunque sepa que hoy no lo voy a hacer y que mañana probablemente tampoco, pero te juro que un día sí, y ahora me acomodo mejor porque ya te estás poniendo de pie, pidiendo permiso para llegar hasta el pasillo que en una cuadra, nada más, empezarás a caminar sujetando fuerte la carpeta. Te dejan pasar y desde acá atrás te veo de cuerpo entero y sí, definitivamente me gustás, y definitivamente me miraste un segundo, aunque después hayas tenido que prestarle más atención al pasamanos. Lentamente comenzás a caminar en mi dirección y voy centrando mi vista en las distintas partes de tu cuerpo haciendo equilibrio, en tu pelo húmedo y por fín llegás al timbre y me das la espalda. Miro por la ventanilla como la cuadra se mueve cada vez más lento y frena, entonces giro la cabeza y te veo descender por la escalerita, aunque ahora ya no pueda verte más porque te tapa tu compañero que no te conoce, y cuando creo que el cuadro visual diario de esa esquina llegó a su fin, me topo con una nuca que conozco bastante bien y que baja atrás tuyo. Mientras tanto, todos en el colectivo siguen en sus cosas y a mí me dan ganas de gritarles que miren eso, porque no puede ser. El colectivo arranca y por el vidrio trasero veo cómo las figuras se achican mientras abrís tu atado de cigarrillos y le das un Camel, y, al mismo tiempo, también puedo verme en ese lugar, cayendo en un silencio, cambiando la estrategia sobre la marcha, diciendo que nada está perdido, pero en realidad sí, porque no soy yo quién está con vos y es inevitable aceptar lo concreto del pasillo, el extra tocando timbre, la minúscula imagen del narigón pidiéndote fuego.
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Sólo
teme tiritar y el contorno de su sombra. La
mujer invisible prefiere los sitios sin viento,
sin
tiempo, sin nada.
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Al abrir tus ojos lo que se veía venir llegó. Desnuda sobre la cama, disuelta en ocho zuecos que han sustituido al camisón. Saber que pronto pasará lo mismo con las toallas y las cortinas. Aunque todavía falta. Tal vez un día, o dos. Depende.
En el perchero descansan dos borceguíes y cinco Topper de lona. Descartás la posibilidad de vestirte con algo de eso, y abrís el placard. Las perchas babean alpargatas, el cajón de arriba es ocupado por ojotas. Y una pata de rana supera los contornos del cuarto estante, el de las remeras. No hay pantalones, únicamente botas para la nieve.
Y no es sólo la ropa. Porque en el diario íntimo, graciosos zapatitos de taco aguja ilustran las páginas. Rojos, verdes, azules. Y la confidencialidad del baño, ahora es un depósito de zapatillas. El álbum de fotos, tu video de graduación, la voz de tu vieja. Zapatos, zapatos, zapatos.
Y todavía falta reír mocasines, angustias de betún, secretos de cuero flor. Cada espacio de intimidad se apoya en un calzado. Hasta el asombro chinela.
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Em
ba
ra
zapampa una duda
¿sabesabana su escara de lejanía
o sólo le divierten las olitas/ de un torpe chapoteo?
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Lord: Buenos días, señor.
Yo: Buenos días.
Lord: ¿Puedo ayudarlo?
Yo: Sí, por favor. Quisiera ver el menú.
Lord: En este momento no será posible, estamos sesionando.
Yo: ¿Puede usted tocar la guitarra?
Lord: Sí, puedo, pero no creo que venga al caso.
Yo: Es que Mrs. Megui nos pidió que ejercitáramos el can y el can´t.
Lord: En ese caso... ¿Puede usted conducir?
Yo: No, no puedo, pero puedo jugar al fútbol. ¿Puede la reina cocinar?
Lord: Sí, sí puede. Ella todo lo puede.
Yo: Entonces, quisiera una tajada de cordero con salsa de vino blanco.
Lord: No creo que sea posible.
Yo: Entiendo. ¿Con salsa al vino blanco?
Lord: Tampoco será posible. La reina en este momento está tomando fotografías.
Yo: ¿A usted le gusta tomar fotografías?
Lord: A veces. Prefiero caminar por la montaña o jugar al tenis.
Yo: ¿Usted vive en una casa o en un departamento?
Lord: En una casa.
Yo: ¿Es una casa grande, o una casa pequeña?
Lord: Es pequeña, pero muy confortable.
Yo: ¿Cuántas habitaciones tiene su casa?
Lord: Sólo una.
Yo: ¿Tiene alguna chimenea?
Lord: Sí, por supuesto. También tiene un jardín y tres sofás.
Yo: ¿A usted le gusta su casa?
Lord: Sí.
Yo: ¿Es bueno el clima?
Lord: Sí, lo es. Frío, pero soleado.
Yo: ¿Cuánto sale ésa remera?
Lord: Tres libras con cinco peniques. ¿Puede usted hablar Inglés?
Yo: Sí, estoy aprendiendo.
Lord: ¿Por qué estudia Inglés?
Yo: Porque me gusta viajar. ¿Usted?
Lord: Porque vivo en Inglaterra. ¿Qué otros temas le enseñaron?
Yo: Observe. ¿A usted le gusta andar en bicicleta?
Lord: Sí, me gusta. ¿A usted?
Yo: Sí, también. ¿Qué hizo en las últimas vacaciones?
Lord:
Fui a Kenia.
Yo: ¿Cuándo?
Lord: El último Junio.
Yo: ¿Cuánto tiempo usted estuvo en Kenia?
Lord: Tres semanas.
Yo: ¿Cómo viajo a Kenia?
Lord: En avión.
Yo: ¿Disfrutó su viaje?
Lord: Sí, lo disfruté mucho.
Yo: ¿Quiere fumar un cigarrillo?
Lord: En la casa del parlamento no está permitido fumar, señor.
Yo: ¿Terminó la sesión?
Lord: Sí, eso creo.
Yo: ¿Podría ver el menú?
Lord: Certeramente.
Yo: Bueno, quisiera salmón ahumado en pan negro de entrada.
Lord: Sí señor.
Yo: Como plato principal, quiero pollo frito.
Lord: ¿Qué vegetales desea?
Yo: Papas y coliflores.
Lord: Perfecto. ¿Desea tomar algún vino?
Yo: Sí. ¿Podría ver la lista de vinos?
Lord: Aquí tiene.
Yo:
Quiero una botella de vino francés tinto.
_________________________________________
Yo:
Oh! Estuvo delicioso.
Lord: Gracias. ¿Gustaría café?
Yo: Sí, negro, por favor. ¿Podría traerme la cuenta?
Lord: En un segundo.
Yo: Gracias.
Lord: Aquí tiene.
Yo: ¿Está incluido el servicio?
Lord: No, no está, señor.
Yo: ¿Puedo pagar con tarjeta de crédito?
Lord: Sí, por supuesto.
Yo: Aquí tiene.
Lord : Gracias.
Yo: Una última pregunta. ¿Eso es un tiburón?
Lord: No, es un pulpo.
Yo: Ahh, gracias. Adiós
Lord: Adiós.
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“Perro. Se llama perro. Ladra y come. Cuando no tiene comida ladra, y cuando come no (sino escupe) . Como yo. Porque me olvido que no hay que hablar mientras se come. Y por ahí escupo todo. O se me cae por el labio, y se me llena la pera de puré. La pera de puré. Jeh. Jejejeeh. La pera de puré, lapera depuré, la pera de: puré.”
Y una orden se emite desde atrás de una neurona y se mueve por distintos conductos a velocidad tren bala y se detiene en la estación destino, afectada por un temblor producto de la brusca frenada.
- Jelaperadepuré, la pera de puré.¡Laberaaaa de puré!, ¡Jehhhhjejeje! ¡Peeeraaaaa!
Y otra orden, aunque tal vez sólo sea un impulso, se amotina en los puños, haciendo que repiqueteen una y otra vez contra la mesa.
- ¡Lapureeé! ¡¡¡Peraaaa!!!
Entonces los músculos ahora disparan un comunicado que llega con rapidez al corazón, aunque de una manera un poco amplificada. La reacción no se hace demorar y el músculo receptor despliega un ejemplo de funcionalidad,
- ¡Jehh! ¡Pera! Jehhh, agh, jeh, agh, cogh, agh, aghh
pero de tanto contraer y dilatar pasa por alto la solicitud que debe emitirle a los pulmones, órganos que no dan abasto con todos los pedidos y deciden bajar uno a uno los interruptores de cada célula de ese cuerpo. Al no haber más órdenes, todo queda en manos de la gravedad. Y cae al piso, al lado del perro que deja de ladrar para lamer la pera y mover la cola.
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Nuestra señora del Rosario colgada en la pared sin empapelado, abajo tu cama, y vos sentada. Qué vas a entender. Si entendieras algo no llorarías. Él se fue y te dijo que eras como las películas de televisión abierta. Entonces quisiste detenerlo, decirle algo que lo ofendiese, un golpe bajo. Pero no te salió nada y el portazo acabó con tu derecho a réplica. Y ahí llegaron las ideas pero él se había ido y sólo podías golpear la pared hasta cansarte, correr a la cama hasta ser ínfima, hasta llorar. Y la Virgen te mira. Hasta entender, María.
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Aguapampa el ánimo
p
é
n
d
u
l
o
Caetano a Tom Waits
o un ermitaño que extraña
/ermita mañana
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El
olor a mandarina, los ojos perdidos y ¿no me comprás una rosa? No pibe,
gracias. Dale. No, te dije que no. ¿Me das una moneda? No, no tengo, pibe. Y se
aleja balbuceando un insulto, entregando un poco del rencor que tanto le sobra.
Y ahora ella me habla. La bicicleta roja. Intenta decirme algo, dejo de mirarla,
¿once años? El parque como una experiencia nueva, las cosas a toda velocidad.
Me agarra la mano, desaparece el parque, la bici. ¿Me estás escuchando? Sí,
disculpame. Ella, la cita, el bar, volver al viernes a la noche. Pero veo su
figura en el fondo, sus rosas y otra vez mi cumpleaños de once, mi manos
apretando fuerte el manubrio, el temblor incontrolable de pasar por un charco. Y
perder el control, soltar el manubrio para no caer de jeta, el pedal golpeándome
la canilla. Y una vez en el piso, aflojar todo el cuerpo, ya está ya pasó,
pero en el ya pasó algo extrajo la bici de encima mío y lo que por un instante
fue un alivio para mi pierna, se convertía en una tortura para mis ojos, porque
alguien con olor a mandarina se llevaba la bici y se reía, y me miraba burlándose
mientras lo corría y desaparecía del parque, que ahora volvía a ser el lugar
lento, a paso de hombre. La mano me aprieta. ¿Te pasa algo, mi amor? ¿Cómo
contarle, cómo transformar en palabras la impotencia de ese nene de once años?
No, disculpame, me colgué pensando en una cosa, pero no importa, ya está. Pero
en realidad no está nada, porque mientras ella cree que le estoy prestando
atención, aparece la campera de jean, las zapatillas, la navaja en la garganta
y el dame todo que te faconeo, y aparecen mis quince años humillados en la
oscuridad, paralizados, y el cachetazo, ¡dale, apurate! Y la miro, asiento con
la cabeza y digo claro, y atrás de ella el mozo sacando al portarosas. Ensayo
una caricia en su mano. Y la navaja surcando una diagonal en mi pera, y el puñetazo
en la nariz, y con los ojos cerrados sentir que me hundían la boca del estómago
y todo se apagaba. Algo me lleva a interrumpirla, disculpame un segundo, voy a
comprar cigarrillos, ahora vengo. El señor levantándome, parando un taxi, llevándome
al hospital, y como en el parque, mirar las cosas que no están y no poder hacer
nada, sólo aguantar la bronca, y ahora abro la puerta, y me enfrento al calor
de este verano de veintiún años, y esas dos broncas se suman, y la impotencia
es furia, y a mitad de cuadra el pibito de las rosas alejándose. Primero
caminar rápido, después trotar, por último correr tan rápido como la ira,
como si en el mundo sólo existiesen los diez metros que alejan al salvaje
disfrazado de víctima social, y está a un metro, entonces grito ¡eh!, y se da
vuelta como yo la vez de la campera, y tampoco alcanza a reaccionar, y mi brazo
derecho que surge de atrás de mi cabeza, feroz como el cáncer, y su susto, y
el golpe que lo tira al piso. La impotencia ahora la siente él, porque yo,
todopoderoso lo miro desde arriba, revolcándose en su miedo, con su olor a
mandarina y sus privaciones intelectuales. Y de una patada en la espalda hago
que se enderece como una víbora, y otra más y ahora tose y grita, e intenta
incorporarse, aunque un golpe en el cuello vuelva a
bajarlo. Y los ojos perdidos con lágrimas se clavan en mi rostro como
jeringas, jurando no olvidarse de mí.
Acabo
de convertirme en el único motivo de su vida. Cada día que pasé lo dedicará
a buscarme, a maquinar un venganza efectiva. Pero aún estoy a tiempo de
evitarlo. Levanto mi pierna derecha y mi suela en su cabeza, y un instante después
el ruido seco, su nuca con la baldosa. Y una pausa. Un mundo que emerge del
silencio. Vuelve a haber un clima, un árbol, un perro que me mira asustado y me
ladra. Y él en el piso, con una estruendosa inmovilidad. Mi novia esperando en
el bar. No siento más bronca, ni impotencia, ni nada.
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Si acaso fuese el viento de la cola abanico de un perro el que cerró las puertas de la casa sin llaves que quise prometerte y el centro de mesa estuviese atrapado por la teoría del caos de perro contento, como si no existiesen las sombras que entraron a la casa sin llaves y la dejaron cual cáscara sin romance ni calefón encendido. Si no tuviera grasa de cerrajero en las manos, si inventase excusas, si el viento fuese de los perros.
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Enferma de cangrejonomadismo y ronca de llamar, suponepampa un nuevo canal para ser oída.
Botellerapampa no olvida damajuanas
frascos
ni petacas
Para que una filtración no desangre tanto esmero, selló los picos con hermetismo. Adentro, el papel con sobria letra imprenta.
Pero el mar mensajero no es del todo eficiente,
(la costa inmensa/la sabana puntual)
y neuróticapampa
junta, escribe, enrosca, tira
junta, escribe, enrosca, tira
Sin darse cuenta los mensajes se apilan
junta, escribe, enrosca, tira
junta, escribe, enrosca, tira
/embotellamiento oceánico
/modifica la geografía. El agua susceptible a las huellas se tapó de vidrio y pet.
Sólido puente
objetivo porvenir pampeano.
Entonces parte.
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No es nada nuevo que haya mentiras en los planes del tiempo, ni es nada cierto que haya planes en las maletas del tiempo, no es tiempo el que mentiras con lo nuevo en maletas.
Y, sobre todo, mucha sed.
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Sujestado
el cuerpo no
Nada
Otra vez el sol de noche se raja por la grieta de un cristal. Las monedas no tilinquetean en el piso húmedo de la cocina.
Alterando.
Sujestada viento inmóvil, puente submarino de piernas que buscan la casualidad resignando la sorpresa.
Su gesto
mordido al charco
Se ahoga hunde
Su gestión
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Pensó que eran molinos de viento. Recuerda hambre, gaviotas, vidrios clavados en los pies. El seguir por respeto a su ilusión. Recuerda la piel de gallina cuando tanto horizonte azul mutó a verde. El tornasol disparaba la moneda. Pensó que eran molinos de viento. La distancia, el silencio, las botellas estériles. Y luego de caminar el último centímetro del puente: éxodo. Eran gigantes. Manadas huyendo, lluvias repentinas, tormentas de arena. La sabana se fue. Sólo le quedó un ñu. Los marineros dieron la noticia: ¡Vienepampa! ¡Vienepampa! Y el éxodo.
- ¿Y vos? ¿por qué me esperaste?
- Porque te entiendo.
- ¿Y por qué no me avisaste?
- Vos ya lo sabías.
Duelepampa. Era verdad. Eran gigantes. Para la sabana son los leones, el verde, las chozas. No las pampas. Para ellas las rocas, el viento, la distancia. Y empiricapampa aprende. Y vuelve como vieja. Con una duda menos.
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