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| Ediciones Juglaría - Rosario - Argentina |
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RESTOS DEL NAVIO
Autor:
Celia
Fontán
“¿Soy yo quien sobra
en los lugares del pasado?”
Bernardo Atxaga
CUERVOS
Atardecer
con pájaros
Iban
al ciprés los pájaros negros,
de
allí al este,
a
los últimos árboles altos de la costa.
Y
esas imágenes vuelven
cuando
te recuerdo
entre
las rápidas oleadas del crepúsculo,
y
en la taza de café queda una isla oscura,
una
borra apagada
donde
puede leerse tu destino y el mío
discordes,
sucesivos
mientras
pasan los pájaros
esta
vez
hacia
el sur.
Muelle
del nunca
Grieta
oscura,
el
muelle se quebranta
y
el capote del hombre
danza
ingrávido,
un
borrón que divaga,
que
divaga...
Sólo
al tras luz,
las
dársenas inglesas
y
el leve peso
del
cuerpo ya angostado
que
era tibio hasta ayer
y,
bajo el trazo
del
poema perdido,
la
escritura
ahora
sí
de
su sombra, de su paso.
Los
acantilados
Vuelves
a
los acantilados,
a
ser
tu
propia sombra
junto
a las altas piedras.
Aquello
que fue verdad
quema
y
su calor se parece
demasiado
a la muerte.
Aquello
que fue mentira
es
el viento que sopla,
allí,
donde estás viva.
Kafka
Grafía
del insomnio,
hay
un hombre que escribe de noche,
graba
la muralla, la tiniebla,
reconstruye
paso
a paso el foso,
la
hendidura
que
precede al derrumbe,
Que
nos fue dado nacer así
e
ir tan a tientas
mientras
el orden
urde
la sentencia
y
ciego dictamina
y
no queda
ya
para nosotros
más
que el valor de la vigilia.
Bajo
la llovizna
La
voz del loco
en
la calle vacía,
su
bella voz,
el
sonido
sin
furia,
el
bramido
de
animal sin salida.
Voz
de jaula,
de
jade,
de
jauría.
Bajo
la llovizna,
el
eco de algo roto
cuyas
partes
aún
claman,
aman,
arden.
Cuervos
John
Allan
no
dejó
ni
un céntimo para Edgard Allan.
John
ignoraba
que
su gesto sería
mísera
cáscara,
oquedad
sin fin,
y
que el nombre de Edgard Allan Poe
devendría
en
alabanza en los años por venir.
Nadie
es profeta en familia.
Nadie
sabe
qué
cuervos ha criado.
MIRADA
Composición
Miro
el grabado
de
la crónica de Schmidel.
A
la izquierda,
las
empalizadas
que
amurallan las chozas,
el
reparo.
Afuera,
donde
las líneas convergen,
se
equilibra el diseño
en
los maderos
de
los ajusticiados.
No
sólo en el hostal
tiene
el lecho su precio,
en
cada huerto pende
la
soga del ahorcado.
Encuentro
con Max Ernst
en
el Museo Castagnino
Yo
creía haberte olvidado,
pero
estabas allí,
nunca
te habías ido.
Y
ese señor que cómodo naufraga,
sentado
en su sillón predilecto,
bajo
la lámpara habitual
no
sabrá nunca
de
tu risa poderosa de villano
tras
el bostezo de los parricidas,
cuando
caiga en el agua
su
sombrero.
Liber
Fridman
Piedras
negras
para
una tierra de costumbres volcánicas,
y
el insomnio de las mujeres dementes
porque
no llega, a la hora del caldero,
el
grano de los dioses.
¿Sólo
el desvelo, la viva intemperie
acompañará
los
pájaros,
a
las criaturas que emigran
en
sus carromatos
hacia
arenales que aún no han nacido?
Soldados
de Zapata comiendo pan
(1916)
Todo
parece un sueño,
nada
tan
irreal como las revoluciones.
Sin
embargo,
esos
hombres de miradas ardientes
comieron
su pan.
Trigal
con cuervos
“Regreso al cuadro de los cuervos...”
Antonin
Artaud
Ellos
siguen estando allí
como
al principio,
trazos
negros de arrasado fulgor,
la
mirada que va
de
la tierra
a
la entraña
de
un cielo quemado por lo oscuro,
porque
la miseria
no
tendrá fin,
no
lo tendrá
escucho
las alas de los cuervos
llamar
con golpes de fuerte címbalo
y
estoy de acuerdo
con
todo
estoy
de acuerdo.
Importa
que el trazo resplandezca.
MUJER
CON GUITARRA
“Me
oculto detrás de la guitarra para
intentar cantar con ella...”
Paco
de Lucía
A
Ana Victoria Lovell
Ella
tiene una guitarra entre las manos
y
su cabellera de presagios
se
hunde en las molduras
del
respaldo
de
una silla casi vegetal.
Pulsa
acaso las magnolias,
la
entrevista
enredadera
de floración azul.
Ella
es mi voz más oscura.
Belles de nuit
A Rosa Gronda
y Jorge Cappato
Bellas
de la noche
en
la aguada profunda.
Ella
aguardaba algo del mundo.
Maravillas,
deidades
de la sombra
en
los cercos floridos.
Ella
enhebraba las campánulas.
Sabía
de los cercos
que
aún los florecidos apresaban.
Ella
aguardaba algo del mundo,
un
simple gesto
para
poder saltar.
Los
reinos
Oh,
los amantes,
las
sábanas, los reinos, el sonar
de
la arena en los muros,
el
barco cruzando el pozo de la noche,
la
marea del viento.
Flotaban
sobre
las ciudades sin rozarlas,
sobre
techos de zinc
y
delicadas
cúpulas,
torres,
atrios,
campanarios.
Oh,
los que brotaron de las lluvias
o
del deseo de los caminantes,
amanecieron
muertos en el lecho
mientras
el reino
lentamente
se hundía.
Demolición
de la casa
y de su sombra
Mientras
juega
en
el fondo
de
la noche
tu
corazón demuele
aquello
que
llamábamos la casa.
Entonces
cae
todo
lo
que puede caer,
el
gesto mismo
de
toda la casa
se
derrama.
Y
con la casa
también
cae
piedra
a piedra
la
sombra
de
la casa.
Ráfagas
en
el jardín de las cenizas
Imagina
un jardín
de
aire y ceniza,
imagina
la transparencia de las rosas,
las
líneas enervadas del hibisco.
Luego,
imagina
el viento en el jardín.
Memoria
del
jardín de las delicias
Altos
pétalos
y
ese lento edén en el olvido,
momento
del estruendo,
de
músicas que ardían,
ese
perfume
desquiciado
en
el aire.
Saga
Ella,
la que siempre regresaba, no ha vuelto,
ella
trocó el desacierto
por
el encuentro con el caos final.
Giraba,
giraba
diciendo
busca
un lugar
busca
un lugar para ti, mi pequeña,
que
yo aún no lo he encontrado.
LEJANÍSIMO
“...y
son tus manos las que echan leña a la hoguera
o
destruyen
sin
compasión,
los
botes del naufragio, no siempre imprevisto.”
Carlos Latorre
Los
ojos de las ahogadas
Los
ojos de las ahogadas
en
los vidrios.
Lejos
ocurren los naufragios,
lejos
una
agua oscura que gotea.
Los
ojos de las ahogadas
en
las puertas,
aquí,
en
este espejo.
De
navegantes
Entre
las ropas del ahogado,
el
manual de naufragios.
¿Y
la muchacha que corría en la cubierta
de
aquel barco ucraniano?
El
regreso de Ofelia
Dormida
entre
pétalos negros,
para
qué vuelves
flotando
en la oquedad,
si
todo era posible,
si
la fiesta
del
amor te esperaba.
Amor
de náufragos
Largos
días se amaron en islas de madréporas,
bebiendo
la fragante espuma del vacío.
Y
hablaban de un barco
y
esperaban.
En
días demorados fueron cuerpos azules
apagando
las últimas hogueras.
Restos
del navío
A
Susana Valenti
De
esta sombra la noche,
de
estas arduas astillas,
mis
antillas,
que
tan próximo estaba
el
quiebre dela dicha,
la
isla
del
ahogo.
El
agua, que es la misma,
lo
sabe
y
resplandece.
Lejanísimo
“Ella miraba el mar
y el mar decía lejanísimo”
Beatriz Vallejos
Ella
mira ese mar
que
nunca ha visto,
la
línea en fuga de ese mar que parte,
y
la envuelve la voz
y
las salpicaduras
extrañas,
frías.
¿Quién
cruzará
esos
mares,
la
demencia
de
los mares sin término
ni
hastío?
Ella
mira ese mar que se va yendo
y
se va con el mar
que
nunca ha visto.
EL
VIAJE INFINITO
“Y
todo lo que debía desaparecer
todo
lo perdido
hay
que volver a encontrarlo
por
encima del sueño
hacia la noche.”
Philippe Soupault
Las
ráfagas
Aquellos
espejos
relejaron
las
imágenes
más
deslumbrantes de mi juventud;
pero
aun esas imágenes
estaban
barridas
por
ráfagas enormes
de
un viejo viento helado.
Por
sólo entrever
las
rosas del edén
pronto
fue tarde
y
turbio
el
rumor parecido a los remansos.
Y
ahora esas imágenes son alto tan remoto
y
polvo
tan
leve;
breves
vestigios,
vértigos,
visajes
que
fueron entregado al asombro.
¿Construimos
acaso
para el viento
esas
llameantes frondas?
¿Sólo
para el olvido?
Ya
no hay
ni
un rescoldo
para
la nostalgia
ni
para morosas cobardías
y
nuestros hijos aguardan en los jardines
ser
ungidos para la dicha
(ellos
no serán esos niños perdidos
que
fuimos
en
los fondos lentos
de
un tiempo
que
aún aguarda
en
la bruma
su
figura).
Bajo
la lluvia, la prisa,
el
dolor,
la
paciencia
veremos
qué largo y cruel
suele
ser el camino
que
conduce a la raíz de nuestros sueños,
y
qué áspero es el viento
que
agita
la
morada de nuestros corazones.
Cabaña
junto al mar
Al
anochecer
ella
miraba
hacia
las dunas
con
un temor incierto.
las
hojas de los diarios
rozaban
la arena
que
empezaba a enfriarse.
Ella
ya no siente ese temblor,
la
casa tambalea,
ráfagas
perdidas
que
cambian los médanos de lugar.
No
fue entonces
que
vio
las
dunas desbordadas,
(sólo
el mar era así)
ni
se estremecía de miedo
entre
sus brazos
cuando
aullaba el viento de la noche
y,
a lo lejos, el mar
se
estrellaba en los riscos.
Ella
simulaba temor
y
si temblaba
era
por el mar
que
parecía decirle:
ven
hacia mí,
ven
hacia
mí
a
danzar.
Coreografías
A la memoria
de Isabel Taboga
Momentáneas
mareas,
no
se alcanza
ni
siquiera en la danza
el
equilibrio.
Sólo
el sutil,
sólo
el breve martirio,
el
tuteo en el clímax
con
la nada.
Esa
torpe cordura
en
el abismo
y
luego
y
a la vista
la
emboscada
como
si de pronto
todo
fuera
solamente
ese golpe
y
no importara.
No
hubo vuelos
de
echarpes,
muselinas
de
otros tiempos,
apenas
el desgarro,
el
ahogo,
el
asedio,
la
neblina
que
empañaba
ciudades
y
escenarios.
¿Se
sabe
en
la agonía
o
en el éxtasis
lo
que somos,
lo
que buscamos ser,
eso
que fuimos?
El
viaje infinito
He
tratado
de
recobrar
aquella
noche,
o
por lo menos
de
reconocerme
en
el centro
de
esa noche
y
cuando hablo
de
lo entrevisto
en
realidad hablo siempre de esa plaza,
y
estoy allí, sentada,
y
hay una iglesia blanca
que
el recuerdo enfatiza.,
casi
rosácea
en
la luz irreal,
y
está su mano delgada
muy
ceca de la mía,
la
felicidad
tan
cierta y fuerte como un dolor.
Pero
lo que está a punto de ocurrir
no
ocurre,
y
el viaje se desvanece
y
yo quedo
al
borde del amor
y
del viaje infinito
intentando
recuperar el resplandor
de
la plaza iluminada,
porque
nos volvemos
esa
misma noche
y
no alcanza el tiempo
que
después sobrará.
CARTA A THEO
Vincent
Van Gogh, "Cartas a su hermano Theo"
Mándame,
entonces,
el
cadmio,
el
cinabrio,
también
un bermellón
y
un esmeralda,
minio
naranja
y
amarillo cromo
y
ese azul de Prusia
que
de prisa
en
el sesgo del huerto
se
ha quebrado.
Puede
ser
un
verde Veronés
pero
tiene que llegar
antes
que tarde,
no
morirse de pena el ultramar
en
el mar de los malvas declinantes.
sabes
que la luz
es
siempre pasajera
y
el azul de cobalto
va
en amores
que
no duran ni quedan.
Cromos,
pomos,
lacas
de rubia sobrias
que
no untuosas,
hay
todavía luz
y
están los huertos
de
intensos perales florecidos.
No
te olvides
del
blanco de titanio.
Celia
Fontán nació en Rosario. Es profesora de Letras egresada de la U.N.R. Ha
publicado: Ha crecido el césped
(1974); Los árboles rebeldes (1975); De
cruces y señales (1976); Hijas del
mar, Premio Edición de la Fundación Arcién (1981)
y Los habitantes de Valdrada, Premio Municipal “Manuel Musto” (1989).
Colabora
en diarios y revistas literarias del país y del exterior