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Ediciones Juglaría - Rosario - Argentina

  

VISITA DE ESCRITORES A VIDELA

 

En el número 39 de la revista crisis, de julio de 1976, se publicó una nota que hemos considerado válido rescatar, porque del golpe militar producido cuatro meses antes algunos han perdido la memoria. Reproducimos textualmente la nota, salvo el testimonio de Horacio Ratti por irrelevante. Cabe consignar que éste fue el último número que salió a la venta de la revista crisis, porque cuando el número 40 estaba en imprenta fue clausurada la revista y sólo se remitió a amigos y a quienes, como nosotros -que editábamos la revista Herramienta en ese entonces- manteníamos canje de nuestras publicaciones.

 

ecos del encuentro del presidente de la nación con los escritores

 

Cuando el hombre de campo quiere saber de dónde soplan los vientos, humedece uno de sus dedos. Alguna vez alguien dijo que, por acción o por omisión, los artistas y los escritores eran ese dedo humedecido de la sociedad. El destino de sus obras y de sus vidas suele ser un indicador de los vientos que empujan hacia adelante o hacia atrás, levantan o derriban al conjunto de los hombres. Quizá por intuición de todo esto, cuan­do el 19 de mayo último el presidente Videla convocó a cuatro escritores, la opinión pública entendió que ese encuentro no era una simple frivolidad para alimentar anécdotas, sino que se trataba de un acontecimiento de trascendencia: podía indicar qué vientos comenzaban a soplar sobre la sociedad argentina. Un posterior comunicado de la Secretaria de Información Pú­blica del Estado remarcó los rasgos relevantes del hecho. Sobre la misma explanada de la Casa de Gobierno, a la salida del ya ahora famoso almuerzo, los escritores invitados hicieron diver­sas declaraciones. Ernesto Sábato señaló que “hubo un altísimo grado de comprensión y respeto mutuos. En ningún momento la conversación descendió a polémica literaria o ideológica” (La Opinión, 20/V/76). Además, expresó su inquietud por la prisión del escritor Antonio di Benedetto (La Razón, 19/V/76). El sacer­dote Castellani confesó haberse preocupado por “Haroldo Conti, un cristiano que fue secuestrado hace dos semanas y del que no sabemos nada” (L. O., 20/V/76). Borges, quien antes de ingresar al despacho presidencial había manifestado: “Soy tímido y, ante tanta gente importante, seguramente me sentiré abochornado” (ídem), eludió hábilmente el cerco tendido por los hombres de prensa y desapareció. El presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, Horacio E. Ratti, reconoció haber dejado en manos del presidente una larga lista de reivindicaciones e inquietudes que afectan a sus representados. En efecto, sobre la mesa del general Videla quedaron los problemas de los derechos del autor, la reglamentación de la Ley del Libro, la designación de asesores literarios en emisoras radiales y televisivas, así como el nombramiento de agregados culturales en el exterior, la preserva­ción del patrimonio idiomático nacional, etc. Junto con estas aspiraciones, también quedó en Casa de Gobierno la lista de “una docena de Intelectuales que se encuentran a disposición del Poder Ejecutivo” (Clarín, 20/Vl/76); igualmente se dio el nombre de otros escritores cuya suerte preocupa hondamente a los hombres de letras. Entre ellos, Haroldo Conti (Buenos Aires Herald, 15/V/76), Alberto Costa (Clarín, 20/V/76) y Carlos Pérez (responsable del suplemento cultural del diario Clarín), desaparecidos; Antonio di Benedetto (La Razón, 19/V/76), preso; César Tiempo, cesanteado de la dirección del Teatro Nacional Cervantes. Las reivindicaciones profesionales siguen en pie y a los nombres de creadores afectados por desaparición o cárcel, ahora hay que agregar el del poeta y periodista Miguel Angel Bustos (La Nación, 4/VI/76) y el del cineasta Raimundo Gleizer (La Opinión, 4/VI/76). A casi un mes del almuerzo del general Videla con los escritores, crisis quiso recoger los ecos de dicho acontecimiento. Para ello, procuró conversar con los protagonis­tas. Requerido por teléfono para una entrevista, Ernesto Sábato afirmó: “yo no hago declaraciones para la revista crisis”. Borges, a su vez, dijo no tener tiempo y, lamentablemente, su disponibi­lidad de horarios excedía los limites del cierre editorial de esta publicación. Si, en cambio, pudieron ser entrevistados los escri­tores Leonardo Castellani y Horacio Esteban Ratti. Lo que sigue es la reproducción textual de estos diálogos.

 

“algo más que libros”

 

-Padre Castellani, durante varios días un amplio sector de la opinión pública no hizo más que comentar el almuerzo entre los escritores y el presidente Videla...

-Bueno, es cierto, pero la gente se olvida de que fue nada más que un al­muerzo y en los almuerzos se come más que se habla...

-Pero usted y los demás escritores fueron invitados para conversar sobre ciertos temas...

-Sí. En realidad, el más callado fui yo. Dije algunas cosas pero quienes más ha­blaron fueron los demás, sobre todo Sá­bato y Ratti que llevaban varios proyectos.

-¿Y el presidente?

-Él y yo fuimos los más silenciosos. Videla se limitó a escuchar. Creo que lo que sucedió es que quienes más hablaron, en vez de preguntar, hicieron demasiadas propuestas. En mi criterio, ninguna de ellas fue importante, porque estaban centradas exclusivamente en lo cultural y soslayaban lo político. Sábato y Ratti hablaron mucho sobre la ley del libro, sobre el problema de la SADE, sobre los dere­chos de autor, etc.

-Bueno, padre, al fin y al cabo, era una reunión de escritores...

-Sí, pero la preocupación central de un escritor nunca pueden ser los libros, ¿no es cierto? Yo traté de aprovechar la situación por lo menos con una inquietud que llevaba en mi corazón de cristiano. Días atrás me había visitado una persona que, con lágrimas en los ojos, sumida en la desesperación, me había suplicado que intercediera por la vida del escritor Ha­roldo Conti. Yo no sabía de él más que era un escritor prestigioso y que ha­bía sido seminarista en su juventud. Pero, de cualquier manera, no me impor­taba eso, pues, así se hubiera tratado de cualquier persona, mi obligación moral era hacerme eco de quien pedía por alguien cuyo destino es incierto en estos momen­tos. Anoté su nombre en un papel y se lo entregué a Videla, quien lo recogió respetuosamente y aseguró que la paz iba a volver muy pronto al país.

-¿Qué afirmaron los demás asistentes?

-Fíjese que curioso: Borges y Sábato, en un momento de la reunión, dijeron que el país nunca había sido purificado por ninguna guerra internacional. Ellos más tarde lo negaron, así como aseguraron decir cosas que, en realidad, no dijeron. Pero hablaron de la purificación por la guerra. Lo interesante es que el presi­dente Videla, que es un general, un pro­fesional de la guerra, los interrumpió para manifestar su desacuerdo. Creo que eso le desagradó mucho, pues motivó una de sus pocas intervenciones. A mí también eso me cayó como un balde de agua fría, por lo tremendo que eso significa. Ade­más, por lo incorrecto: se olvidan que la Argentina atravesó varias guerras internacionales, como la de la independencia, la del bloqueo anglo-francés, la del Para­guay, y más bien que de esas contiendas no salió purificada.

-Quizás ellos quisieron decir que la situación difícil de la Argentina no se justificaba, pues, a diferencia de Europa, no había sufrido ninguna guerra...

-Vea, en lo que va de este siglo Eu­ropa sufrió ya dos guerras mundiales, pero no por eso es más pura que la Ar­gentina. Al contrario... Por eso le digo que de ese almuerzo, si es por lo que se habló, no puede haber salido algo muy positivo o trascendente. A lo mejor, el presidente se llevó una impresión favora­ble y pudo rescatar algunas ideas que allí se lanzaron, pero nada más.

-Su balance, entonces, no parece muy optimista...

-No, ni puede serlo. Sábato habló mu­cho o peroró, mejor dicho, sobre el nom­bramiento de un consejo de notables que supervisara los programas de televisión. En Inglaterra funciona una instancia simi­lar, presidido por la familia real e inte­grado por hombres notorios de todas las tendencias. Cuando estuve hace mucho en Inglaterra, Chesterton me habló de ese consejo del cual él formaba parte y que, por aquel entonces, supervisaba sólo la radio, ya que la televisión todavía no exis­tía. Eso quería Sábato que se hiciese en la Argentina. Borges dijo que él no inte­graría jamás ese consejo de prohombres. Sábato, entonces, agregó que él tampoco. Yo pensé en ese momento para qué lo proponían entonces. O sea que ellos em­barcaban a la gente pero se quedaban en tierra. Personalmente, no creo que ese consejo sea una decisión muy impor­tante . . .

-Dentro de su larga experiencia, ¿qué significa este almuerzo?

-Para mí fue un hecho agradable, pero no muy trascendente. Al menos, que los hechos posteriores demuestren lo contrario, como por ejemplo, que aparezca el escritor Haroldo Conti. Algunos me habían pedido que intercediera también por va­rios ex funcionarios cesanteados aparen­temente en forma injusta. Pero no quise hacerlo, pues me pareció que esos casos desdibujarían la dramaticidad de la situa­ción de Conti, por cuya vida se teme...

-¿No se plantearon los cuatro asisten­tes hacer un balance juntos de esa expe­riencia que los involucraba?

-Al salir, había una nube de periodistas y los fotógrafos eran interminables, parecían formar de seis en fondo. Borges aprovechó algún vericueto para retirarse rápidamente. Antes de hacerlo nos invitó para que fuéramos a su casa a tomar un café. Cuando Sábato, Ratti y yo logramos zafarnos del asedio periodístico, nos fui­mos hasta la casa de Borges, pero ahí nos llevamos una sorpresa. Una persona que nos abrió la puerta dijo que Borges no nos podía atender porque estaba en cama con fuertes dolores de estómago. En fin, son cosas que pasan...